viernes, 1 de septiembre de 2017

LA FAMILIA ANCHORENA


Juan Esteban de Anchorena Zandueta fue el primer Anchorena en arribar a América. Como muchos otros inmigrantes de ese período, a poco de arribar a nuestras costas Juan Esteban se orientó hacia las actividades mercantiles. Esta decisión resulta entendible puesto que este terreno era quizá el más propicio para que, suerte y destrezas mediante, un hombre como el que aquí nos ocupa, cuyo único patrimonio era su ambición y su talento, acumulase un patrimonio significativo.


Dr. Tomás de Anchorena - Diputado por Buenos Aires. Nació en Buenos Aires el 29 de Noviembre de 1783. Estudió en el Real Colegio de San Carlos y se graduó de doctor en leyes en la Universidad de Charcas hacia 1807. De regreso en Bs. As, fue regidor del Cabildo en 1810 y se pronunció por la causa de la Revolución. Fue secretario del Grl. Manuel Belgrano y en 1815 fue elegido diputado por Congreso de Tucumán. Fue ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores durante el primer mandato de Rosas. Falleció en Buenos Aires el 29 de Abril de 1847.

En más de un sentido, la exitosa trayectoria económica y social del primer Anchorena en el Plata ilustra las nuevas oportunidades que se les presentaron a los comerciantes afincados en Buenos Aires en la segunda mitad del siglo XVIII. Fue en este período que este puerto, que había sido por largos años un centro de contrabando por donde ingresaban mercancías europeas y salían exportaciones clandestinas de metal precioso, comenzó a afirmarse definitivamente como “mercado, polo de arrastre y centro de distribución de un vasto conjunto regional” que extendía su influencia desde el Paraguay hasta Chile

Acuarela Estancia de la familia Anchorena en Ramallo por Aguyari Jose Italiano año 1885. Gentileza Diario Accion TV: Familia Anchorena
Quinta Rioland del Sr.Juan E. de Anchorena en Olivos
Quinta Rioland del Sr.Juan E. de Anchorena en Olivos
Quinta Rioland del Sr.Juan E. de Anchorena en Olivos, frente al Rio de la Plata



La expansión de las redes mercantiles que tenían por centro a los comerciantes de Buenos Aires puede seguirse bien en la trayectoria comercial de Anchorena. Arribado al Río de la Plata hacia 1750 sin mayores recursos, Anchorena pasó cerca de un quinquenio al servicio de una casa comercial porteña. Allí adquirió los rudimentos del oficio, así como también relaciones y conocimientos sobre el funcionamiento de ese mercado en sostenida expansión. La correspondencia que Juan Estaban nos ha dejado indica que para mediados de la década de 1750 ya se había lanzado a operar por su cuenta. En 1757 poseía vínculos mercantiles en el interior, en especial en Córdoba, donde colocaba productos importados (vino, tabaco, manufacturas de metal) y compraba productos de la tierra (ponchos, frazadas). 

Familia de Juan Esteban de Anchorena y Romana Josefa Lopez de Anaya
Para entonces ya había incursionado en la compra de cueros en el litoral del río Uruguay, y algunos años más tarde, en 1765, también aparece registrado como propietario de un comercio minorista en Buenos Aires. En la segunda mitad de la década de 1760 la escala de las operaciones de Anchorena creció a ritmo sostenido, seguramente gracias a que la suerte lo acompañó en su ingreso pleno en el lucrativo comercio mayorista a distancia. A lo largo de la década de 1760, Anchorena realizó viajes regulares al interior (Salta, Jujuy) y al Alto Perú, extendiendo sus redes comerciales hasta Lima. Para comienzos de la década de 1770 se había convertido en un importante mercader, cuyos vínculos comprendían plazas comerciales en todo el virreinato del Perú (Chile, Paraguay, Alto Perú, el Río de la Plata) y llegaban hasta España, incluyendo también mercados en Inglaterra, Francia y el Caribe.

La posición económica de hombres como Juan Esteban de Anchorena dependía de la vigencia del sistema comercial monopolista español, pues éste les otorgaba a los grandes mercaderes un lugar privilegiado en la captación del excedente en tanto funcionaban como intermediarios necesarios en los intercambios que tenían lugar en el vasto espacio que iba desde la metrópoli hasta las remotas tierras del Alto Perú. Estos comerciantes importaban por si o en consignación una serie de bienes de lujo europeos (en particular textiles y otros productos manufacturados), que una red de empleados o asociados locales se ocupaban de distribuir y vender a lo largo de la ruta que conducía desde Lima al Alto Perú, así como en otras regiones del virreinato; una vez cambiados por metal precioso o por frutos de la tierra, estas mercancías (en especial el metálico) eran enviados a Buenos Aires o a Lima, desde donde eran reexportados a Europa, punto desde el cual se reiniciaba el ciclo. 

Rosa Anchorena Ibañez (1827-1893) hija de Juan Jose Cristobal de Anchorena Lopez de Anaya y nieta de Juan Esteban de Anchorena Zandueta. Oleo de Prilidiano P. Argentino

Los grandes comerciantes conectaban mercados limitados y de demanda muy poco elástica, y sacaban provecho de las grandes disparidades de precios existentes entre distintas regiones. La actividad mercantil permitía la obtención de grandes márgenes de beneficios, siempre y cuando la oferta de bienes en un momento y un punto determinados no superara un nivel mayor a la que cada plaza podía absorber. En ausencia de una demanda suficientemente elástica, la sobre oferta podía provocar un fuerte derrumbe de precios, que inevitablemente acarreaba pérdidas. El éxito de estos comerciantes dependía, pues, de una práctica mercantil más precavida contra la abundancia que contra la escasez.

En una sociedad en la que no existía nobleza titulada, los grandes comerciantes ocupaban un lugar prominente en la cima del orden colonial, junto a la cumbre de la burocracia imperial. La posesión de una fortuna cercana a los $ 80.000 colocó a Juan Esteban en una posición expectable dentro de esa sociedad, en la que patrimonios como el suyo se encontraban entre las principales de la ciudad. Ello le permitió ingresar en el mercado matrimonial en una posición que estaba muy por encima de su origen social. En efecto, en 1775 contrajo enlace con Romana López de Anaya y Gámiz de las Cuevas, hija de una empobrecida pero distinguida familia de comerciantes. A pesar de su linaje, las dificultades económicas de los López obligaron a Romana a buscar consorte entre candidatos de rango inferior. El elegido fue Juan Esteban de Anchorena, que para entonces ya se destacaba entre los mercaderes más dinámicos de Buenos Aires.

Tumba de Romana Josefa Lopez Anaya en La Recoleta (1754-1822)
Si bien Romana no aportó bien alguno al matrimonio, seguramente contribuyó a darle a este inmigrante salido de la nada un prestigio del que por sí mismo carecía, lo que debe haberle permitido extender sus redes sociales y económicas en la sociedad local. De hecho, desde 1776 Anchorena ocupó diversos cargos honoríficos, el primero de los cuales fue el de oficial de las milicias de caballería. Cuando en 1794 fue autorizada la creación de un Consulado en Buenos Aires, Juan Esteban fue designado primer cónsul de esta corporación mercantil. En 1798 le escribía a su hijo Juan José que “la guerra sigue cada vez más enconada, mi quebranto va en aumento.”  

 A pesar de sus repetidos lamentos, el derrumbe de sus negocios estuvo lejos de ser total, y durante la década de 1800 el comercio con el Alto Perú parece haber seguido reportándole ganancias. En 1800, el mayor de los hijos de Juan Esteban, Juan José Cristóbal, que había sido enviado por su padre a comerciar al Alto Perú, advertía que la liberalización del comercio y la aparición de nuevos productos importados obligaba a los mercaderes a operar con márgenes más modestos. De todas maneras, también señalaba que quien supiera adaptarse al nuevo contexto podía seguir obteniendo beneficios aceptables.

A diferencia de Tomás Antonio Romero y otros emprendedores mercaderes del último período colonial, Anchorena no parece haberse visto tentado a probar suerte en los atractivos pero riesgosos negocios que se abrieron en esos años en los que el orden mercantilista comenzó a resquebrajarse, entre los que destacan el comercio de exportación dentro y fuera del imperio. Hasta su muerte en 1808, pues, su actividad siguió centrada en el tipo de intercambios interregionales gracias a los cuales había construido su fortuna.


Tomás Manuel de Anchorena López de Anaya- 1783 - 1847

Talento empresarial y prudencia a la hora de optar por las operaciones seguras hicieron que el primer Anchorena en el Plata dejase a sus descendientes un patrimonio muy considerable, que al momento de su muerte sus herederos estimaron en $ 175.000. Esta cifra se iba a incrementar hasta superar los $ 250.000 en 1811, momento en el cual sus herederos finalmente repartieron el activo, correspondiéndoles unos $ 55.000 a cada uno de los tres hijos (Juan José, Tomás Manuel y Mariano Nicolás) y unos $ 87.000 a la viuda.  Si bien es lícito suponer que en ese lapso la sociedad constituida por sus tres hijos generó nuevas ganancias, es indudable que parte de ese incremento se debía a la finalización de operaciones que todavía se encontraban en curso cuando Juan Esteban súbitamente encontró la muerte. 

Por este motivo, parte del incremento patrimonial verificado entre 1808 y 1811, del que la viuda no participó, legítimamente puede ser considerado como parte de la herencia que aquellos recibieron. Los tres hijos de Juan Esteban heredaron así una de las mayores fortunas del virreinato, a la vez que un amplio conjunto de relaciones mercantiles a ambos lados del Atlántico. Conviene destacar que el hecho de que sólo tres hijos sobrevivieran a los siete nacidos en el matrimonio entre Juan Esteban y Romana creó condiciones propicias para la perduración de la empresa comercial y del patrimonio acumulado a través de ella.



Acompañando la imagen de la revista Caras y Caretas en su edicion del 19 de noviembre de 1898 y que se muestra en la parte superior de esta pagina, se publicaba tambien esta satira sobre la quinta cuyo destino finalmente no fue residencia presidencial por encontrarse fuera de los limites de la ciudad

La revista Caras y Caretas en su edicion del 19 de noviembre de 1898 daba cuenta del inminente "estreno de la hermosa quinta de los Olivos, regalada al gobierno por el señor Juan Esteban Anchorena para que que sirva de morada presidencial, vuelve a ser de actualidad esta nota con que damos a conocer la vista de la suntuosa y pintoresca mansion y el retrato de su donante, cuyo generoso desprendimiento obliga el aplauso de todos..."

La crisis final del orden colonial y el estallido de los movimientos independentistas que esa crisis alentó tuvieron consecuencias más relevantes para los negocios de los hermanos Anchorena. El derrumbe del poder imperial impidió que la elite mercantil nativa pudiera asegurarse los privilegios que le aseguraban reformas comerciales como la sancionada por el virrey Cisneros a fines de 1809. Para entonces, los hermanos Anchorena ya habían dividido la parte principal del patrimonio heredado y cada uno de ellos actuaba por su cuenta, no obstante lo cual se asistían mutuamente en diversos emprendimientos comerciales. 


Tomás advirtió que lo mejor que podía hacer era desprenderse a la brevedad de las mercaderías que él y sus hermanos poseían en un territorio asolado por la guerra, que se volvía cada vez más hostil para las autoridades y los hombres de Buenos Aires. En octubre de 1811 le relataba a su hermano Mariano que se proponía “vender al contado lo que tengo en Potosí, pues no me determino a pasar a aquella villa. Se instaló por varios meses en Jujuy, donde esperó, a veces “en la ociosidad”, a veces ocupado en negocios menores (entre los que se contaba la provisión al ejército) que se reabriera el camino al Alto Perú.

Ni su visión ni sus finanzas cambiaron demasiado en los años que siguieron. Instalado en Tucumán, a comienzos de 1817 le relataba a su pariente Sebastián Lezica que:

 “el mal giro de mis negocios anteriores, junto con el estado funesto que ofrece nuestra revolución  por la división de los pueblos me obliga a un aislamiento e inacción que por perjudicial que sea, jamás podrá serlo tanto como entrar en especulaciones que se trastornan siempre por nuestra inestabilidad y la incertidumbre de los sucesos públicos”.

Desde entonces, Tomás renunció a pensar siquiera en nuevas aventuras en el Alto Perú, y comenzó a ocuparse, todavía en escala modesta, del negocio de acopio y exportación de cueros; también comenzó a prestarle mayor atención al mercado interno, y se interesó en la introducción de papel, azúcar y otras mercancías importadas en Córdoba y otras plazas del interior. De hecho, tras la derrota de la patria vieja, Mariano se vio obligado a permanecer oculto durante siete meses en una finca rural. Sólo pudo abandonarla gracias al auxilio de un comerciante británico que lo llevó, disfrazado “en clase de criado”, hasta un navío que lo alejó de Chile.  Poco deseoso de exponerse a nuevos peligros, poco antes de abandonarlo le escribía a su hermano Juan José que:

“Soy de opinión que procures redondear todos tus negocios, y pongas los fondos principalmente los míos en el Janeiro, ó Londres en manos seguras porque pienso abandonar la America, resuelto a vivir primero entre los bárbaros africanos, si la Europa no me admite”

A poco de llegar a Rio de Janeiro, en el otoño de 1816, Mariano le escribía a Juan José que:

“En este país en el día se disfruta de bastante tranquilidad, las relaciones comerciales están expeditas con todo el mundo mercantil, hay pequeña concurrencia de las mercaderías de Inglaterra, Holanda, España, Asia Africa y Norte América”

Una vez instalado en Rio, Mariano Nicolás se lanzó a participar en el comercio con puertos de Europa y Oriente, pero hizo del comercio con la América hispana el eje de su actividad. A veces asociado con su hermano Juan José y otras por su cuenta, colocó harina chilena en Rio, envió cueros del Plata al Brasil, vendió azúcar brasileña en Buenos Aires. No sorprende que en repetidas oportunidades los Anchorena realizasen importantes envíos de metálico a Londres, con el fin de colocar parte de sus activos a buen resguardo. Sin embargo la derrota del movimiento independentista pernambucano no terminó con el estado de inquietud que embargaba a un hombre tan suspicaz como Mariano Nicolás, por lo que, temeroso de nuevos sucesos que “quitaban tranquilidad a las operaciones comerciales”, abandonó Rio de Janeiro en noviembre de 1818, y siguió las alternativas de la crisis de independencia brasileña desde la Banda Oriental.

En 1822, tras casi una década de autoimpuesto ostracismo, Mariano Nicolás regresó a su ciudad natal. A los pocos meses, Tomás Manuel también volvía del exilio al que la agudización de la crisis política porteña lo había empujado a mediados de 1820. Pero ya entonces Tomás Manuel, que tenía mejor ojo político que su hermano, calificaba el panorama “de los negocios públicos en la provincia y demás del interior” como “lisongero”. Y le solicitaba que de los fondos en Inglaterra le hiciese enviar “hasta diez mil pesos en libranzas con plazo” para colocar en Buenos Aires “bajo el premio de uno por ciento por mes, y quando menos de tres quartos de por ciento”. Tomás Manuel daba su voto de confianza al programa de restauración de la autoridad e innovación institucional que en esos meses impulsaba el gobernador Martín Rodríguez. Este programa rápidamente logró afirmarse, en parte porque contó con sólidos apoyos entre unas clases propietarias hartas de guerra y desorden.

Se ha sugerido muchas veces que en esos años los Anchorena abandonaron las empresas mercantiles para concentrarse en la producción rural. Esta visión es inexacta, y en rigor no refleja bien el sentido del cambio de orientación de los negocios de estos grandes capitalistas rioplatenses. Es indudable que durante la década de 1820 los Anchorena realizaron importantes inversiones en propiedad fundiaria, y colocaron bajo su dominio alrededor de medio millón de hectáreas. Desde los años de 1820 y por largas décadas, no fue la apuesta exclusiva a la actividad rural, sino la inversión en distintos campos de actividad, el principio que presidió la organización del patrimonio de los Anchorena. En 1826, Juan José advertía que la cantidad de tierra que habían puesto poseían bajo su control no era pequeña, y que “ya bastante nos han murmurado por lo que tenemos” La conducta de estos hombres de negocios, como también la de otros grandes empresarios del período, parece sugerir que juzgaban que una estrategia de inversión fundada sobre la diversificación de activos, pero con un fuerte énfasis en la inversión inmobiliaria urbana, resultaba apropiada para enfrentar los turbulentos tiempos que les tocaba vivir.

Apenas cerrada la primera mitad de la década el renacimiento del conflicto político ponía fin al breve interregno de paz que Buenos Aires había disfrutado durante la gobernación de Martín Rodríguez, y ya se embarcaba en una nueva aventura guerrera (esta vez con el Brasil), que afectó en particular al comercio exterior y a la economía de exportación. Y ello no fue sino el prolegómeno de nuevos conflictos. En 1828, con la llegada de Lavalle al gobierno, Tomás y Nicolás fueron a parar a la cárcel y luego debieron marchar al exilio. Todo comenzó a disiparse con la llegada de Juan Manuel de Rosas al poder cuando se cerraba el año 1829. Y aunque disfrutaron de importantes privilegios durante la larga dictadura encabezada por su pariente, y en numerosas ocasiones obtuvieron ventajas de la arbitrariedad del estado rosista, ello no siempre les permitió resguardarse de muchas de las incertidumbres propias de ese convulsionado período.



"En ese año, 1836, -Tomas Manuel- le compró al fisco por $ 37.000 ($ 240.000 en papel) la Recova, quizá el mayor inmueble de renta existente en Buenos Aires hasta su expropiación y demolición durante la intendencia de Torcuato de Alvear en 1884. La Recova, que dividía a la Plaza del 25 de Mayo de la Plaza de la Victoria, contaba con unos cuarenta locales que alojaban numerosos comercios. Clara García de Zúñiga García de Zúñiga" Roy Hora, La trayectoria económica de la familia Anchorena (1800-1945)
La demolicion de la Recova Vieja, Los trabajos de demolición comenzaron el 25 de mayo de 1883

Falto de un horizonte de estabilidad en el mediano y largo plazo, y en el que el comercio de viejo tipo ya no ofrecía mayor atractivo, la estrategia económica que parecía más apropiada era aquella que apuntaba, en primer lugar, a otorgar seguridad al patrimonio acumulado. En una carta a su hermano Tomás fechada en el otoño de 1822, Juan José formuló este razonamiento de modo muy explícito. En esos años en los que la reconversión de su fortuna comenzaba a tomar forma, el líder de la familia instaba a su hermano menor a imitarlo, señalándole que:

“la edad y las circunstancias de todos los países me decidieron a poner fondos en bienes raíces concentrando todo sobre esta [ciudad de Buenos Aires] para evitar los contrastes que en otras partes pueden ocurrir. Yo me persuado podría convenirte invertir la mitad de tus intereses en bienes raíces y con la otra mitad algunos descuentos o entretenimientos y por lo futuro siempre tendrás alguna suma movible”.

Depósitos en plazas bancarias como Londres permitían colocar activos al abrigo de la incertidumbre que dominaba al Río de la Plata. El sistema de comunicaciones de la época, dependiente de la navegación a vela, hacía que inevitablemente pasaran varios meses hasta que un propietario pudiese reunirse con sus activos depositados en Europa. Frente a estas alternativas, la inversión en bienes inmuebles resultaba más segura y confiable. En contraste, la inversión en inmuebles urbanos para renta ofrecía un ingreso constante y seguro, sobre todo si se contaba con numerosos inquilinos. La sostenida expansión que la ciudad de Buenos Aires experimentó a lo largo del período (pasó de 43.000 habitantes en 1810 a 177.800 en 1869) también impulsaba el incremento del precio de los inmuebles urbanos. Rosas advirtió las ventajas de poseer propiedad urbana, y en momentos en que se preparaba para acceder al poder supremo le escribía a su primo que:

“si algo queda después de esta tormenta acaso seria bueno comprarle á Encarnación una ó dos casa para que con el alquiler se mantengan si les hace falta”

Considerando estas circunstancias, resulta comprensible que el mayor de los Anchorena invirtiera importantes sumas en inmuebles de renta urbana. Advertidos de las limitaciones de este ejercicio, recordemos que a lo largo de la década de 1820, Juan José adquirió diversas propiedades urbanas, entre las que se encontraba la antigua casa de correos, que compró con el fin de destinarla a vivienda particular. También le compró a un conocido comerciante británico, William Parish Robertson, “seis casas de alto en la calle del Brazil, y dos en la calle de Balcarce”, que aún se encontraban en construcción. Entre 1821 y 1829 Juan José adquirió inmuebles en Buenos Aires por no menos de $ 68.000.
 
Manuel Juan Jose Aguirre Anchorena. (1850-1912)
Estas inversiones no parecen haber sido mucho menores que sus inversiones en ganado y estancias en el mismo período. Para la compra y explotación de sus establecimientos rurales, Juan José se asoció con su hermano Mariano. El grueso de sus colocaciones en empresas rurales data de la década de 1820.  Sabemos que Juan José abonó $ 6.000 por la adquisición de la mitad de Las Dos Islas (56.000 hectáreas), $ 2.750 por la mitad de Los Camarones (119.000 hectáreas), y $ 4.000 por el derecho a explotar en enfiteusis 130.000 hectáreas en Marihuincul. También desembolsó unos 35.000 pesos por ganado y otras 2 leguas.  En total, Juan José invirtió unos $ 47.750 por la posesión o la propiedad del 50 % de más de 300.000 hectáreas de tierra y ganados en la frontera. Como consecuencia del bajo precio del suelo, los Anchorena adquirieron o arrendaron territorios muy extensos, que difícilmente estaban en condiciones de poner a producir inmediatamente.

Una somera consideración de los demás activos de este empresario sugiere que Juan José de Anchorena complementaba sus ingresos provenientes de la renta urbana y la actividad rural con otros de diversas fuentes, entre ellas el comercio interno y el préstamo de dinero. Poco a poco fue concentrándose en la comercialización de bienes de producción doméstica, en particular de yerba y maderas, que traía del alto Paraná y distribuía en el interior y las provincias litorales.  También introducía azúcar, textiles y cuchillería, y exportaba cueros. En esos años poseía una tienda y almacén minorista en Buenos Aires, y también incursionó en la producción de trigo y la comercialización de pan.  Por otra parte, participaba en el préstamo de dinero, descontando letras de cambio. La muerte prematura de Juan José, ocurrida en 1831 cuando apenas había cumplido los cincuenta años, impide evaluar hasta qué punto la transformación que se propuso encarar a comienzos de la década anterior alcanzó a completarse.

Tomás Manuel fue, de los tres integrantes de esta segunda generación de Anchorenas en el Plata, aquel que mostró menos fascinación por la acumulación de riqueza. A diferencia de su hermano mayor, a quien su padre había preparado para sucederlo al frente de la casa comercial, Tomás había sido destinado a una carrera letrada, que comenzó bajo el Antiguo Régimen, y que continuó bajo signo republicano. El hecho de que el deceso de su padre se produjese cuando Juan José se hallaba lejos de Buenos Aires y cuando Mariano todavía era menor de edad lo forzó a asumir temporariamente la dirección de los negocios familiares. Más tarde, la crisis del orden colonial lo mantuvo largo tiempo ocupado en el rescate de lo que quedaba de los intereses familiares en el Alto Perú. Aun así, se las arregló para ocupar lugares expectables en la vida política del período revolucionario. Luego de 1820, y a pesar de continuas y prologadas enfermedades, que lo mantuvieron postrado por largos períodos, siguió siendo un notable de la vida porteña hasta su muerte en 1847. Tras su alejamiento del comercio y del préstamo de dinero, Tomás Manuel invirtió el grueso de su patrimonio en bienes inmuebles urbanos y rurales, y vivió hasta su muerte de las rentas y ganancias que éstos generaban. Anchorena legó a sus herederos una gran propiedad rural y dos importantes inmuebles urbanos.

En años sucesivos, gracias a la recuperación económica, los ingresos por alquileres se incrementaron, aunque a un ritmo más pausado que el de los ingresos rurales: $ 3.300 en 1848, $ 5.100 en 1849, $ 5.500 en 1850. Acompañando la veloz expansión de la ciudad, y por tanto del precio del suelo en las décadas de 1850 y 1860, desde esta última fecha subieron sin pausa, hasta alcanzar los $ 20.000 anuales en 1870.   el incremento de valor de los inmuebles urbanos incluso podía ser más alto que el de los rurales. Cuando falleció en 1847, Tomás de Anchorena poseía las tres propiedades a las que hemos hecho referencia, además del equivalente a unos $ 50.000, repartido entre onzas de oro, depósitos en Londres y moneda corriente. En resumen, a precios de 1871 la fortuna de Tomás Manuel debía estar cerca de los $ 900.000.


Lucila Marcelina Anchorena (1867-1917),

La historia del más exitoso de estos tres hermanos ofrece evidencias adicionales que confirman cuáles eran los rasgos singularizaban el patrón de inversiones mejor adaptado a las cambiantes alternativas de ese tormentoso período. Desde la década de 1820, Mariano Nicolás volcó parte de su fortuna hacia la tierra, pero siguió participando en distintos emprendimientos mercantiles. A fines de la década de 1830, por ejemplo, era un importante productor y especulador en trigo, y se lo llegó a acusar de dominar el mercado local.  El inventario de sus bienes, realizado en 1871, indica que su fortuna era en efecto muy grande, pues para entonces alcanzaba a la extraordinaria cifra de $ 5,76 millones ($144 millones moneda corriente). 

La visión que describe a Mariano Nicolás Anchorena como “el más rico ganadero de Buenos Aires” quizás no era del todo errada, puesto que al morir en 1856 dejó a sus tres herederos (sus hijos Nicolás y Juan y su nieto Fabián Gómez) unas 200.000 hectáreas. De estas estimaciones podemos concluir que el hombre que era tenido por el mayor terrateniente de las pampas poseía una fortuna diversificada que superaba los $3 millones, cuya estructura estaba compuesta, en partes relativamente equivalentes, por bienes urbanos, bienes rurales y activos líquidos, con una ligera primacía de los primeros.

Mercedes Emilia de Urquiza Anchorena, la tercera hija de Lucila. (1893-1968)
Mercedes Castellanos y su marido Nicolás Anchorena


De particular relevancia para la actividad rural fueron la expansión militar de la frontera, cuyo último gran episodio fue la campaña de 1878-80. Los Anchorena se lanzaron a aprovechar las oportunidades que presentaba esa coyuntura, y para ello desplazaron hacia el sector rural una parte de los activos que poseían en otros sectores de actividad. Contra lo que se ha afirmado muchas veces, recién en esta etapa de aceleración de la expansión del capitalismo agrario en la pampa se terminó de definir la vocación terrateniente de los Anchorena y, más en general, de toda la gran burguesía argentina. 

La historia del hijo de Tomás Manuel de Anchorena ofrece claras indicaciones en este sentido. A diferencia de su padre, Tomás Severino tuvo una participación más bien ocasional en la escena política (que incluyó un breve paso por el ministerio de Luis Sáenz Peña), prefiriendo “la tranquilidad del hogar a las agitaciones de la vida pública”. Como único hijo varón de una familia de seis hermanos, Tomás S. estaba destinado a hacerse cargo la administración los intereses rurales de la familia, y ejerció esta función hasta el fallecimiento de su madre y el casamiento de varias de sus hermanas. Sus propios negocios también estuvieron vinculados a la producción rural.

Tomás Severino Anchorena García de Zúñiga, hijo de Tomas Manuel de Anchorena


La campaña de exterminio de los indígenas de fines de la década de 1870, que amplió la oferta de tierras en la frontera, le ofreció la oportunidad de expandir notablemente su patrimonio inmobiliario, y entre 1882 y 1884 Tomás Severino se hizo dueño de cerca de 100.000 hectáreas en el territorio de La Pampa. No obstante, Tomás no poseía recursos suficientes como para poner inmediatamente en producción estas tierras de frontera. A lo largo de su vida, Tomás S. había reducido la importancia de sus activos urbanos, en especial los destinados a captar rentas. 

Nunca parece haber incursionado en actividades comerciales, o en el préstamo de dinero. Su principal preocupación parece haber sido reorientar sus activos hacia la inversión en tierras y empresas rurales, que a su muerte representaban casi dos tercios de sus bienes. Su primo Pedro, el único hijo varón de Juan José de Anchorena, que falleció casi una década más tarde que Tomás S., dejó una fortuna de más de $ 4 millones oro, esto es, cercana a los $ 10 millones papel. La herencia que cada uno de estos primos recibió, sin embargo, era distinta. Mientras Tomás adquirió por sí mismo cerca de la mitad de los bienes que legó a sus sucesores, todos los bienes de Pedro eran heredados.

Es exactamente el 16 de agosto de 1900 y los esposos, luego de recibir las felicitaciones de familiares y amigos se acercan hasta la estacion del Ferrocarril del Sud, donde un tren, conducira a los Anchorena hasta La Plata donde embarcaran en el "Thames" Revista Caras y Caretas del 25 de agosto de 1900

Casamiento de la señorita Josefina Anchorena con el doctor Enrique Rodríguez Larreta. Caras y Caretas del 24 de noviembre de 1900
El dia de la boda de Enrique Anchorena, 14 de septiembre de 1901, con Ercilia Cabral Hunter en la iglesia de la Merced.
Residencia de Pedro Anchorena Boulevard Maritimo y Alsina año 1902 Mar del Plata
Residencia de Pedro Anchorena Boulevard Maritimo y Alsina Mar del Plata
Aaron de Anchorena paseando junto a su esposa en la su estancia de la Isla Victoria Año 1904
Aaron Anchorena

Residencia de Carlos Madariaga Anchorena, entre las primeras casas de la familia hasta fines del siglo XIX.
Capilla en la estancia La Azucena. Tandil perteneciente a la familia Anchorena

Emilio Anchorena fue el decimo hijo de Nicolas y Mercedes, contrajo matrimonio con Leonor Uriburu el 28 de mayo de 1904 en la Iglesia de la Merced, tenia 24 años y Leonor, apenas 20; Emilio moriria en el mes de diciembre de 1916 dejando 6 hijos. Imagen de Caras y Caretas del 4 de junio de 1904
Estancia La Azucena. Tandil.A fines del siglo pasado compró este campo de 20.000 hectáreas la Sra. de Anchorena para su hijo Emilio y encomendó al Arquitecto Martín Noel la construcción de la Capilla de estilo hispánico-americano "limeño" que constituye una verdadera joya arquitectónica. La viuda de Emilio Anchorena hizo hacer el nuevo casco cerca de la Capilla y el Arquitecto Alejandro Bustillo tuvo a su cargo la obra eligiendo la cima de un cerro a 200 metros sobre el nivel del mar para levantar la imponente y bella construcción hispánica. Emilio Anchorena había comenzado en esta Estancia la cría de caballos percherones trayendo reproductores seleccionados de Francia, poniendo a cargo del Haras a un experto caballerizo francés llamado Philibert Leveau. Hoy se crían en este establecimiento, llamado Haras Catriel, caballos pura sangre de carrera. La antigüedad de esta estancia data de 1860.
Jorge Newbery y Aarón de Anchorena, antes de la histórica ascención del Pampero. Año 1907

Los hijos de Tomás Manuel de Anchorena y Clara García de Zúñiga recibieron apenas una sexta parte de la fortuna de sus progenitores. En cambio, cada uno de los tres descendientes de Juan José y Andrea Ibáñez (Pedro, Rosa y Mercedes), heredaron una porción mayor de una fortuna que, además, era más grande. Rosa, por ejemplo, heredó unas 80.000 hectáreas en Pila y Mar Chiquita, además de más de media docena de propiedades urbanas.

Este fenómeno también se observa cuando consideramos la trayectoria de los hermanos Juan Nepomuceno y Nicolás Anchorena. Los hijos de Mariano Nicolás heredaron no sólo la fortuna sino también el talento para acumular dinero que hizo famoso a su padre. Ambos fueron especialmente sensibles a los atractivos que ofrecía la actividad rural en el último tercio del siglo XIX. Ello se advierte en el giro que le imprimieron a sus negocios, cuyo centro de gravedad pasó, aun más que en los ejemplos que acabamos de citar, de la ciudad a la producción rural. Los hijos de Mariano Nicolás recibieron de su padre numerosas propiedades urbanas, así como dinero y 48 leguas de campo. 



Sra. Josefina de Anchorena

Como hemos señalado más arriba, la fortuna que Mariano Nicolás dejó en 1856 tenía una firme base en la renta urbana y el préstamo de dinero, que combinados debían representar al menos dos tercios del patrimonio. El grueso de esa fortuna no se dividió hasta el fallecimiento de la viuda de Anchorena, Estanislada de Arana, a comienzos de la década de 1870. Tras la muerte de su Nicolás, su viuda continuó invirtiendo sus excedentes en la compra de propiedad urbana, a punto tal que para comienzos de la década de 1870 este patrimonio estaba compuesto en un 61 % por inmuebles urbanos.

Fabian Gomez y Anchorena nació en Santiago del Estero, inmensamente rico despilfarro su fortuna en excentricidades y una azarosa vida en Paris, Londres y Madrid. Caso con una cantante de opera mucho mayor que el. Engañado, se caso luego con una condesa española. Compañero de diversiones de Alfonso XII, murio pobre y anonimo en el mismo Santiago del Estero.
Los hermanos Nicolás y Juan formaron una sociedad para administrar sus empresas rurales, que funcionó hasta la muerte del primero en 1884. Dos rasgos singularizan este proceso. Por una parte, el vivo interés de los hijos de Mariano Nicolás por expandir sus propiedades rurales, al que se lanzaron, gracias a adelantos de herencia, poco después de la muerte de su padre. En segundo lugar, la lenta incorporación de estas tierras a la producción, que sólo parece haberse acelerado a fines de la década de 1870, cuando estos hermanos comenzaron a realizar fuertes inversiones en mejoras, y a asumir más plenamente el rol de empresarios rurales. 

Para cuando se iniciaba el último tercio del siglo, pues, Nicolás y Juan Anchorena habían multiplicado por 2,5 la superficie de su patrimonio territorial (que pasó de 48 a 124,5 leguas, o poco más de 310.000 hectáreas). Por largos años, estos hermanos promovieron acuerdos de aparcería o arrendamiento que dejaban parte del control de lo que sucedía en sus tierras en manos de actores económicos más humildes: a comienzos de la década de 1870 tenían arrendadas al menos unas 17 leguas Pila y unas 8 leguas en Mar Chiquita, y también sus tierras de Chascomús y Morón. Sólo a fines de la década de 1870 se dispusieron a ejercer un control más directo de sus posesiones. Sabemos, por ejemplo, que en la década de 1870 las 17 leguas que tenían arrendadas en Mar Chiquita fueron colocadas bajo control directo de la sociedad, y pobladas con lanares; entre fines de la década de 1870 y la muerte de Nicolás en 1884, los Anchorena erigieron cercos de “una extensión lineal de doscientos cuarenta y ocho leguas”, es decir, 620 kilómetros.

Enriqueta Salas de Anchorena y Sara Josefina Anchorena


 Los $ 6,7 millones oro que Nicolás dejó a sus herederos constituían una de las mayores fortunas del cambio de siglo. Su hermano Juan, considerado a su muerte por La Prensa “quizás el más acaudalado millonario del país”, parece haber dejado una cifra aun mayor. Juan dejó 440 leguas (1.100.000 hectáreas), 306 de las cuales estaban localizadas en los nuevos territorios ganados al indio, y permanecían en su mayoría sin explotar. Otras 24 se encontraban en jurisdicción de la provincia de Córdoba. El corazón de su fortuna estaba compuesto por sus tierras en la provincia de Buenos Aires, donde poseía unas 280.000 hectáreas. Según su testamento, redactado en 1888, Anchorena poseía asimismo unas ciento sesenta mil cabezas de ganado vacuno, y unos cuatrocientas mil lanares. La Nación estimaba que la fortuna de Juan Anchorena debía estar cerca de los diez millones de pesos oro.


En la temporada de Mar del Plata del año 1908 vemos a Nazar Anchorena y Matias Mackinlay Zapiola dedicandose a una de sus aficiones favoritas, el boxeo (Caras y Caretas del 8 de febrero de 1908)

9 de enero de 1909 la revista Caras y Caretas publicaba un articulo sobre el espectacular yacht «Pampa» propiedad del señor Aaron de Anchorena que en esos momentos se encontraba viajando por las costas de Inglaterra. Eran parte del pasaje ilustres pasajeros, nada menos que el duque de Mornay, el principe Deligny, Vanderbilt, Roches, Anchorena y Alfredo Olmos

El incremento en el precio del suelo inducido por el cierre de la frontera modificó el horizonte en el que se había venido desenvolviendo la actividad empresarial en el sector rural. La creación de explotaciones sobre tierras de bajo precio, característica de la estrategia económica de los empresarios de esta familia a lo largo del siglo XIX, desde entonces se reveló imposible, y desde comienzos de siglo ningún miembro de esta familia pudo emular las grandes compras de tierra que generaciones anteriores habían realizado en el siglo XIX. La gran expansión del cultivo cerealero desde la década de 1890, que también trajo como consecuencia un alza en el precio de la tierra, operó en el mismo sentido. 

En el período finisecular, muchos miembros de la familia Anchorena se lanzaron de lleno a una vida de consumo conspicuo, cuya magnificencia no registraba precedentes en la historia de la elite socioeconómica argentina. Ello se puso de manifiesto en la construcción de fastuosas residencias urbanas y grandes casas rurales, que reemplazaron las modestas moradas hasta entonces típicas de la elite porteña. 




Vivienda perteneciente a Lucila Marcelina Anchorena (1867-1917), hija de Juan Anchorena en Vicente Lopez


El palacio de estilo Bellas Artes fue diseñado para Mercedes Castellanos de Anchorena, miembro de una de las familias más representativas de la aristocracia porteña, por el arquitecto Alejandro Christophersen en 1905. Construido a partir de 1909, fue inaugurado por la familia Anchorena para conmemorar el centenario de la declaración de la Independencia Argentina. Fue un regalo de bodas de Don Nicolás de Anchorena y su esposa, Doña Mercedes Castellanos a su hija Matilde, con motivo de su enlace con Don Carlos Ortiz Basualdo. Su arquitectura Beaux Arts constituye un valioso testimonio del clasicismo francés, las fachadas y cubiertas poseen un tratamiento casi escultórico con juegos de mansardas, cúpulas, buhardillas, chimeneas, volumenes entrantes y salientes y contiene algunos elementos Art Nouveau.
Palacio Fernández Anchorena. Fue encargado por el matrimonio del Dr. Juan Antonio Fernández Torres (nieto del célebre médico salteño Juan Antonio Fernández Hoyos) y Rosa Irene de Anchorena al arquitecto francés Edouard Le Monnier en 1907. Curiosamente nunca habitaron el palacio pues residían en Paris. Una de sus hijas, Florinda, pasó a ser la Condesa de Castellane al unirse en matrimonio con Georges de Castellane Gould.

En Buenos Aires durante el período que va del cambio de siglo al estallido de la Primera Guerra Mundial asistió a la construcción de palacios tales como el de la viuda de Nicolás Anchorena, Mercedes Castellanos, o el que Lucila Anchorena y su marido Alfredo de Urquiza construyeron sobre las barrancas de San Isidro.

Concurso de tenis en Plaza Colon. circa 1910. Gentileza Cristina Corsini
Señorita Clara Cobo Anchorena. Gentileza Cristina Corsini

 

Señoritas Ercilia Cabral Hunter de Anchorena y Maria Teresa Hunter de Roca en la Rambla Bristol. Gentileza Cristina Corsini
Sras. Enriqueta Salas de Anchorena y María Ayerza de Peró. Gentileza Cristina Corsini
Joaquín Samuel de Anchorena Riglos con sus hijos en la Rambla Bristol
Victorino de la Plaza (con bastón), Vicepresidente de la Nación, en representación del Gobierno nacional, asiste junto a Joaquín Samuel de Anchorena Riglos, Intendente de Buenos Aires, a la inauguración de la linea "A" del subterráneo de Buenos Aires, el 1º de diciembre de 1913.

Tomas Esteban Anchorena, el presidente Roque Saenz Peña, Clara Cobo y B.A. de Castex. De pie, detras y de izq. a der.: R. Gonzalez, F. Gowland y F. Bosch. circa 1912


El 30 de noviembre de 1912 la revista Caras y Caretas daba cuenta del homenaje tributado al «intrepido aviador» Ing. Jorge Newbery por su viaje de ida y vuelta a la costa uruguaya. Aca vemos al Ing. Newbery agasajado en la estancia de Aaron de Anchorena en Uruguay; acompañado de Aaron, Luis Blaquier, Jorge Sauze, Jorge Casares, Nicolas Garcia Uriburu, ingeniero Carlos Aubone, Manuel Quintana (hijo), Manuel Quintana, doctor Vicente Lopez, y el señor Quesada entre otros.
Reunión en la casa de Enrique Anchorena en 1913.

Benito Nazar Anchorena y sus hijos en Mar del Plata (Caras y Caretas del 29 de enero de 1916)

Baile ofrecido por el señor Aaron Anchorena en la temporada veraniega de 1916 en Mar del Plata. Vemos a las señoras Green del Solar, Casal de Vivot, Alzaga de Sanchez Elia y Acosta de Ocampo y a los señores Green, Anchorena, Avellaneda y Ocampo. Revista Caras y Caretas, 11 de marzo de 1916
Clara de Anchorena Garcia de Zuñiga de Uribelarrea, hija de Tomas Manuel de Anchorena


Mercedes Castellanos de Anchorena (Rosario, provincia de Santa Fe, 24 de septiembre de 1840 - Buenos Aires, 9 de julio de 1920) conocida también como Condesa Pontificia María Luisa de las Mercedes Castellanos de la Iglesia; fue una destacada mujer de la aristocracia argentina de la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX quien encargó la construcción del Palacio Anchorena al arquitecto Alejandro Christophersen, edificación de estilo Bellas Artes que es actualmente el Palacio San Martín, sede de ceremonial de la Cancillería de la República Argentina. Levanto en torno a la Plaza San Martin tres grandes residencias. El primero, regalo de bodas para su hija Matilde, casada con Carlos Ortiz Basualdo en 1896; el actual Palacio San Martin, ahora sede ceremonial del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto y el que se convertiria en sede del Circulo Militar desde 1939 (Palacio Paz)

Vista de la "suntuosa" fiesta ofrecida por Aaron en Mar del Plata durante la temporada veraniega de 1916. Vemos a las señoras Dormal de Olazabal, Unzue de Blaquier, y los señores Emilio Anchorena, Luis Ocampo y M. Avellaneda (Revista Caras y Caretas, 11 de marzo de 1916)

La estabilidad finalmente alcanzada por la Argentina en el período finisecular, combinada con la extendida confianza en que la economía se encontraba en una marcha ascendente que no iba a detenerse (y que por tanto auguraba una continua valorización de los activos inmuebles), seguramente invitó a muchos propietarios a despreocuparse del futuro, y a disfrutar de las rentas cada vez más crecidas que rendían sus propiedades. Esta opción resultaba especialmente atractiva entre las viudas o las solteras emancipadas de la tutela de sus padres. 

Agustina y Clara, dos de las cinco hijas de Tomás Manuel de Anchorena, se cuentan en este grupo. Agustina fijó su residencia en París, adonde le llegaban regularmente los arrendamientos devengados por sus 32.000 hectáreas en Las Víboras y por sus dos fincas en el centro de Buenos Aires.  Su hermana Clara vivió con gran lujo hasta pasados los noventa años gracias a las copiosas rentas generadas por sus numerosas propiedades urbanas y rurales y sus cédulas hipotecarias, que a fines de la década de 1920, poco antes de su muerte, superaban los $ 3,5 millones.



Enrique Anchorena era hijo de Nicolas y Mercedes Castallanos, y hermano de Aaron; contrajo matrimonio en 1901 con Ercilia Cabral Hunter y disfrutaron mucho de sus temporadas en su magnifica estancia El Boqueron de Mar del Plata invitando durante muchos años a sus numerosos amigos. Imagen Caras y Caretas año 1921

Revista Caras y Caretas del 10 de septiembre de 1921, escenas de El Boqueron, propiedad de Enrique de Anchorena en Mar del Plata
Durante la disputa de la Copa El Boqueron, el dueño de casa con un grupo de invitados.jpg

Vemos a Enrique Anchorena en compañia de sus invitados durante una «interesante fiesta deportiva-social, la que es una tradicional costumbre del dueño de la estancia El Boqueron» - Revista Caras y Caretas en abril de 1937 - Foto extraida del sitio La Argentina del Centenario del Diario Accion
Cotillon a beneficio del Hospital Mar del Plata en el Hotel Bristol Año 1921
Cotillon a beneficio del Hospital Mar del Plata en el Hotel Bristol Año 1921
La temporada veraniega marplatense se encuentra a pleno y los turistas se dedican a un "cotillon" a beneficio del Hospital de Mar del Plata a realizarse en el Bristol Hotel. La responsabilidad de animar tan brillante velada recayo en las señoritas de Anchorena y Castro y los señores Acosta y Becu, "quienes dirigieron magistralmente el siempre novedoso baile" Caras y Caretas del 18 de febrero de 1922
Imagen del Dr. Nazar Anchorena, siendo presidente de la Universidad de La Plata, en noviembre de 1925

Los indudables encantos de la vida del rentista también sedujeron a varios miembros masculinos de esta familia, y algunos de ellos se destacaron porque su posición económica les ofreció la posibilidad de perseguir en gran forma objetivos distintos a la mera acumulación de dinero. De todos ellos, los más conocidos fueron Fabián Gómez de Anchorena y Aaron de Anchorena. Fabián alcanzó la mayoría de edad a comienzos de la década de 1870, y desde entonces hizo que la fortuna que había heredado de su abuelo Mariano Nicolás, que para mediados de la década de 1870 estaba cerca de los $ 3 millones oro, funcionara como una llave de entrada a la gran sociedad europea, en la que se movió hasta su bancarrota en la década de 1890.   

Su historia revela bien que en el último tercio del siglo, gracias a la expansión del capitalismo en la pampa, y la enorme masa de riqueza que éste generó, una persona como él, que sin duda se contaba entre los argentinos más ricos de su tiempo, podía codearse con las elites de ciudades continentales de segundo rango como Venecia, Florencia o Madrid (la elite británica, más opulenta, parece haberlo tratado con frialdad). En Madrid, Fabián formó parte del séquito aventurero del futuro Alfonso XII, a quien en ocasiones parece haber superado en su capacidad para derrochar dinero.   
 

Joaquin de Anchorena Presidente del Jockey Club
Esteban J. Anchorena, secretario del gobernador Martinez de Hoz en 1933.
Aaron Anchorena durante la venta del Palacio Anchorena en 1936.jpg

La centenario residencia de Aaron en la isla Victoria, tal como se veia en 1917. En el año 1902 Aarón de Anchorena realizó una excursión a la patagonia con el apoyo del Presidente Roca. Ese mismo año obtuvo la concesión de arrendamiento de la Isla Victoria por parte de la Dirección de Tierras y Colonias.

En una foto de Hart Preston para la revista Life (1941)Aaron Anchorena (der.) muestra a sus huespedes " La gran tumba que ha preparado para sus restos después de la muerte", en la base de la torre erigida en homenaje a Sebastian Gaboto, en la estancia de Uruguay
José Evaristo Nicolás de Anchorena Uriburu


Su primo Aarón Anchorena, uno de los ocho hijos de Nicolás, también alcanzó cierta fama en su tiempo como hombre de mundo, y además como deportista y explorador. Activo integrante de lo que en su época se daba en llamar la “colonia” argentina en París, Aarón fue por largo tiempo secretario honorario de la legación argentina en la capital francesa. Dado que el alza del precio del suelo tornaba difícil la expansión del patrimonio territorial recibido, las biografías económicas de los Anchorena desde el cambio de siglo presentan alternativas menos atractivas que las de la generación anterior, y en general relevan aspectos más rutinarios de la gestión de los recursos heredados. Una de las novedades de este período se refiere al mayor interés demostrado por los empresarios de esta familia por la mejora de las técnicas agrícolas, en particular en lo referido a la explotación ganadera. 

Juan Nepomuceno Anchorena había sido descripto muchas veces como el ejemplo paradigmático del gran propietario ausentista y reacio a la modernización, mientras que sus hijos y sobrinos, se mostraron mucho más dispuestos a apreciar las ventajas de invertir en la mejora técnica, y de supervisar in situ la marcha de sus explotaciones. A la muerte de Tomas Severino su hijo Esteban alcanzó cierta fama como criador de animales de raza, y su cabaña Santa Clara se contaba entre las más prestigiosas del país en el primer cuarto de siglo. Otro tanto puede decirse sobre su otro hijo, Joaquín S., que hizo de su estancia La Merced una de las más renombradas de la pampa. Otro de los hijos de Tomas Severino, Victorio Hilario, fallecido en 1911, indica la creciente especialización en la actividad rural que signó a los Anchorena desde fines del siglo XIX. Fallecido prematuramente a los 41 años, Victorio dejó una estancia de unas 15.000 hectáreas en La Pampa, que representaba el 80 % de su activo.



Diógenes Urquiza Anchorena y Carolina Atucha Ocampo el día de su boda, en la residencia de la novia. Diógenes había nacido el 17 de octubre de 1897 y contrajo matrimonio el 4 de noviembre de 1929 con Carolina del Rosario Atucha Ocampo, quien fallecería el 20 de mayo de 2005. Tendrían tres hijos: Carolina Lucila, Diógenes Alfredo y María Martha

Algo similar se observa cuando consideramos a los hijos varones de Juan Anchorena. Nicolás Paulino poseía casi dos tercios de su fortuna en bienes rurales. Su hermano Juan Esteban, de vida mucho más prolongada, tuvo más tiempo para profundizar este rumbo. Cuando murió en 1943 dejó una fortuna de unos 5 millones (más de $ 13 millones de pesos moneda nacional), en la que las propiedades rurales representaban el 76 % de su patrimonio total. Entre sus tierras, que alcanzaban a más de 100.000 hectáreas, se destacaban cerca de 30.000 hectáreas en Pila, en la provincia de Buenos Aires, y otras 45.000 en Río Cuarto. De estas tierras, más del 80 % eran heredadas. Todos estos integrantes del clan Anchorena hicieron de la actividad rural el centro de sus intereses económicos, especializándose en la administración de la importante herencia territorial recibida, a la que a lo sumo combinaron (como en el caso de Tomás Esteban y Manuel Baldomero) con el ejercicio de alguna profesión liberal. El caso de Joaquín Samuel de Anchorena ofrece quizá la excepción a este patrón.

Joaquín se destacó por sus dotes organizativas y su gusto por la vida asociativa, a las que consagró muchas horas de su tiempo. Fue diputado nacional por el Partido Conservador de la provincia de Buenos Aires, intendente de la ciudad de Buenos Aires durante la presidencia de Sáenz Peña, interventor federal bajo el yrigoyenismo, y además presidió en numerosas ocasiones instituciones tan prestigiosas como el Jockey Club y la Sociedad Rural. También fue un reconocido profesor universitario que alcanzó a ocupar el decanato de la Facultad de Veterinaria, y una figura relevante de la Asociación del Trabajo. El éxito que Joaquín S. alcanzó en todos estos espacios de interacción de las elites de la república contrasta marcadamente con los tropiezos que experimentó con sus finanzas privadas. La alternativa más obvia a su disposición era proponerse como nexo entre diversos grupos de interés y los despachos oficiales y las altas esferas de la sociedad nativa que tan bien conocía. No sorprende pues que, por largas décadas, Joaquín ocupase más de un sillón en el directorio de grandes compañías extranjeras (de electricidad, constructoras, mineras, de comunicaciones, etc.) que supieron apreciar sus contactos fluidos en la sociedad y la política argentinas.

Desde entonces, empero, su descenso desde su posición encumbrada era poco menos que inevitable. Precisamente por el carácter esencialmente territorial de la fortuna de esta familia, tres procesos de distinto ritmo de desarrollo los afectaron con particular dureza: la Depresión, las leyes de arrendamiento de 1943, y la fragmentación de la propiedad como consecuencia de la partición hereditaria. A fines de 1929, cuando la Gran Depresión comenzaba a abatirse sobre la Argentina, sus numerosos herederos asistieron a la fuerte contracción del valor de su patrimonio. A pesar de la recuperación parcial de los precios agrarios a mediados de la década de 1930, el paso del tiempo iba a mostrar que el momento dorado de la renta del suelo había tocado a su fin. Y para muchos integrantes de la familia Anchorena, las dificultades de ese período no pudieron resolverse sin liquidar parte del patrimonio o adoptar un estilo de vida menos rumboso.

En 1936, los hijos de Mercedes Castellanos y Nicolás Anchorena vendieron su palacio, que desde entonces pasó a alojar al Ministerio de Relaciones Exteriores. Tres años más tarde, tras la muerte de Alfredo de Urquiza, esposo de Lucila de Anchorena, el palacio que este matrimonio había mandado construir en 1911 fue demolido y vendido. La legislación sobre arrendamientos sancionada por la Revolución de Junio a fines del año 1943 afectó con especial dureza a los propietarios rentistas. Esta legislación, que se mantuvo en vigencia por cerca de un cuarto de siglo, limitó la capacidad de los propietarios de disponer libremente de su propiedad, y les aseguró a los arrendatarios la posibilidad de permanecer en las tierras que ocupaban a cambio de un canon cuyo monto no podía incrementarse a pesar de la fuerte inflación que signó al período de posguerra. Para todos ellos, sin embargo, el cambio de prioridades de la política económica desde la década de 1940, que premiaba a los emprendimientos urbanos por sobre los rurales, se tornó claro.



En 1937, la familia Mesquita Luro, que ordenó la construcción del palacio, vendió la propiedad a Leonor Uriburu de Anchorena, quien estuvo a cargo de la casa hasta 1986.

Señores y señoras de Anchorena, de Urquiza Anchorena, de Bustos Moron y señorita de Olazabal en el Plaza Hotel durante los festejos de año nuevo. Revista Caras y Caretas del 12 de enero de 1935

En el nuevo siglo, las extensas propiedades acumuladas por la segunda y la tercera generación comenzaron a fragmentarse a un ritmo cada vez más veloz. Durante la etapa de expansión de la frontera, el patrimonio territorial de los Anchorena creció de modo sistemático, mientras que el tamaño relativamente reducido de la familia contribuyó a mantenerlo unido, o en su defecto a reconstruirlo (muchas veces a ampliarlo) rápidamente. Finalizada esa etapa, el aumento del precio de la tierra hizo poco menos que imposible la expansión del patrimonio territorial de la familia. Al mismo tiempo, las nuevas generaciones crecían a un ritmo más veloz. 

Tomás Manuel dejó seis hijos, y éstos otros 8, que a su vez tuvieron al menos 28 descendientes. Juan José dejó tres hijos, que a su vez dividieron su fortuna en 13 partes; varios de sus nietos dieron vida a más de ocho hijos cada uno (Mercedes tuvo 10 y Norberto 9). Mariano Nicolás dividió su fortuna en tres partes, pero sus hijos dejaron 14 descendientes, que se convirtieron en varias decenas para el período de entreguerras. Para 1880, los adultos que llevaban el apellido Anchorena eran unos diez o doce; cuatro décadas más tarde superaban los cuarenta, y la familia seguía creciendo. Para las décadas de 1920 y 1930 algunos miembros de este clan todavía poseían imperios territoriales que una opinión pública muy sensibilizada hacia el problema de la concentración de la propiedad rural juzgaba inaceptables. Juan Esteban, a quien hemos citado más arriba, murió en 1943 siendo propietario de más de 100.000 hectáreas. Su caso, sin embargo, era excepcional, y es probable que para entonces ninguno de sus parientes alcanzase a poseer un patrimonio similar.


La Corte en 1938: sentados (izq. a der.), procurador general Juan Alvarez, ministros Francisco Ramos Mejía, Antonio Sagarna, Roberto Repetto, Luis Linares y Benito Nazar Anchorena Foto: Archivo La Nacion
Grupo de llamas paseando por la estancia de los Anchorena en Colonia- Uruguay. Año 1941. Imagen de Hart Preston para la Revista LIFE

El ejemplo quizás más notable de dispersión del patrimonio inmobiliario de esta familia lo ofrece la descendencia del único hijo varón de Juan José de Anchorena. En 1908, Pedro dejó más de 60.000 hectáreas de tierra pampeana a sus 10 herederos. Cuatro décadas más tarde, su hijo Norberto repartió 13.000 hectáreas en la pampa entre sus 9 vástagos. Cuando a Eduardo, nieto de Pedro e hijo de Norberto, le tocó distribuir sus bienes, apenas pudo disponer de 951 hectáreas en Pila y otras 836 de valor muy inferior en La Pampa. Para mediados del siglo XX, la familia Anchorena todavía gozaba de enorme prestigio. Su nombre se asociaba con los valores que singularizaban a los sectores más tradicionales de la elite argentina, en una etapa en la que éstos todavía irradiaban su poderosa influencia sobre amplios sectores de la vieja elite y también sobre el nuevo empresariado surgido al calor de las transformaciones económicas de la primera mitad de siglo. 

Para entonces, sin embargo, resulta dudoso que alguno de los integrantes de este distinguido clan familiar de comerciantes que, tras sucesivas mutaciones habían devenido terratenientes, tuviesen un lugar en la cúspide de esta nueva elite económica, que se había enriquecido y transformado gracias a la expansión de la economía urbana e industrial, y que aparecía presidida por empresarios de la manufactura, el comercio, los servicios y las finanzas. Incapaces de advertir a tiempo el cambiante curso de los vientos económicos que comenzaban a soplar en la Argentina desde la década de 1920, los Anchorena siguieron atados a la suerte del sector rural en una etapa en la que éste difícilmente podía brindarles la posibilidad de recrear la fortuna de las generaciones pasadas. Herederos de un pasado más glorioso y magnífico que su presente, conforme nos internos en la segunda mitad del siglo XX los Anchorena se hundieron progresivamente en el magma de las clases medias altas.


Aarón Félix Martín de Anchorena–estancia Anchorena,Colonia,Uruguay. Fotografo Hart Preston Revista LIFE
Aarón Félix Martín de Anchorena–estancia Anchorena,Colonia,Uruguay, Fotografo Hart Preston Revista LIFE
Juan Manuel Cipriano Paz Anchorena (1894-1978)

Residencia de los Anchorena en nuestra ciudad


Estancia La Armonía: En la ciudad de Mar del Plata los descendientes de esta familia vivieron en la Estancia La Armonía. Clara Josefina Cobo Ocampo de Anchorena Riglos, cuando le sacaron esta foto tenía 37 años, su padre era Manuel José Cobo Lavalle (1833-1885)) y su madre Clara Victoria Fortunata Ocampo Lozano (1837-1905). Se casó en la Iglesia de Nuestra Sra. del Soccorro en Bs. As. con Tomás Esteban Anchorena Riglos (3-8-867/ 16-9-916) que era hijo de Tomás Severino de Anchorena García de Zúniga y de Mercedes Francisca Riglos Villanueva. 

Estancia La Armonia Año 1903. Foto enviada por Cristina Corsini
Clara Cobo de Anchorena con sus hijas en la pelousse del palacio Cobo”. Del álbum Recuerdo de Mar del Plata impreso por Casa Piccardo en la temporada 1912″. Enviada por José Alberto Lago.
Clara Cobo de Anchorena; Ministro del Interior, doctor Gómez, su esposa y el Sr. Cobo recorriendo los jardines del Palacio Cobo”. Del álbum Recuerdo de Mar del Plata impreso por Casa Piccardo en la temporada 1912″. Enviada por José Alberto Lago a Fotos de Familia Diario La Capital
Señoras Mercedes Unzue de Quintana y Clara Cobo de Anchorena
Estancia La Armonía. Decada del 40. Foto de Virgina Marta Fiscella de Junco
  
El Matrimonio Clara-Tomas, tuvo cuatro hijas, Clara Mercedes nacida el 5-5-898; Mercedes Clara Nieves nacida el 5-8-1900, casada en 1921 con Santiago Rey Bassadre Mattos y tuvo un segundo matrimonio con Eliseo Segura Ayerza que a su vez estuvo casado con Susana Peffabet; la 3er. hija fue Dolores Clara, nacida el 24-8-903 casada en 1923 con Carlos Marcelo Ugarte Tomkinson, con el cual tuvo dos hijos, Carlos y Dolores. y la 4ta. hija se llamó Rosa Clara, nacida el 13-5-1905.

Estancia El Boqueron: Saliendo desde Mar del Plata en dirección a Batan y tomando la ruta 88 a la altura del km. 11,26  llegamos hasta el camino conocido como Los Ortiz y desde allí en un trayecto de 8 km. se llega a la entrada principal de la estancia. El notable casco construido en medio de un paisaje inigualable fue obra de Enrique Anchorena y su esposa, Ercilia Cabral Hunter. El nombre de esta estancia es uno de los más encumbrados del área rural marplatense y es una referencia poblacional en desarrollo por su cercanía a la ciudad.

Sr. Enrique Anchorena y señora
Estancia El Boqueron de Enrique Anchorena - Foto extraida del sitio Diario Accion TV
Fiesta deportiva-social en la Estancia El Boqueron de Enrique Anchorena

El título El Boquerón fue puesto por Ovidio Zubiaurre, una de las primeras autoridades municipales de Mar del Plata. Su padre, Eusebio Zubiaurre, había fundado en la vecindad, en la década del 60 del siglo XIX, la estancia Ituzaingó, nombre que, como El Boquerón, recuerda una famosa batalla de la Guerra del Paraguay. El nombre del barrio se vincula con la guerra que Argentina tuvo con el Paraguay (1867-1870) en el Boquerón, conflicto en el que participo el General Isubarreta a quien por su labor le entregaron 5000 hectáreas en premio. Este luego vende la propiedad a la familia Anchorena. Se puede ver un poco más sobre esta estancia en este mismo blog picando el siguiente enlace: Estancia El Boqueron


Vivienda Familia Anchorena: En la ciudad de Mar del Plata estaba la mansión que fuera de la familia Anchorena y que abarcaba la manzana de Primera Junta(frente de entrada), Saavedra, Lamadrid y Las Heras. Rematada en la década del 40 y desglosada por loteo. Se entraba a la derecha donde se observa como un cobertizo (para vehículos). Las dos arcadas centrales corresponden a un porche que daba al Salón de Entrada y la hermosísima y ancha escalera principal en madera para subir a los pisos superiores (creo que 14 dormitorios y baños). 

Mansión que fuera de la familia Anchorena y que abarcaba la manzana de Primera Junta(frente de entrada), Saavedra, Lamadrid y Las Heras.
Chalet de Enrique Anchorena(“La Loma”),que ocupaba la manzana limitada por las calles Primera Junta,Saavedra,Lamadrid y Las Heras.Fotografìa original en colores (autocromo) tomada c.1920 por Manuel Iriarte. Aporte: Ignacio Iriarte para Fotos de Familia del Diario La Capital

A la izquierda de la foto con un formato encolumnado y sobresalido era la sala de música con pianos para las mellizas Anchorena (todavía estaban cuando la conocí). Las ventanas sobre mano derecha corresponde a un enorme y precioso comedor totalmente revestido en madera con mesa principal para tal vez 30 personas. En su subsuelo tenia una cámara frigorífica. En el jardín las dos escalinatas bordeaban hacia la salida, rodeando una espléndida fuente en marmol blanco de Carrara con figuras centrales. No pongo el estilo arquitectónico interno por no recordarlo. Esta hermosísima residencia se incendió en el año 1965.


Tres Miradores: De la residencia de Pedro Anchorena ubicada en Boulevard Marítimo y Alsina dice el Arq. Roberto O. Cova: El exterior muy italiano, con varias aberturas coronadas, con arcos de medio punto, remata con un entablamento completo cada planta. El superior termina con el pretil de la terraza y se distingue además, por las escalinatas y rampas de acceso al pórtico y los dos miradores antedichos cuyos arcos, quizás, hayan inspirados al propietario del hotel en el que terminó la casa, para bautizarlos como “Hotel Cabildo”. 
Residencia de Pedro Anchorena Boulevard Maritimo y Alsina año 1902 Mar del Plata
Alejandro Villani, quien viajaba en el taxi junto a Susana Mazza, Aracelli y Roberto D´Amico y sus hermanas María Concepción y Dora Villani. Atrás se encuentra el Hotel Cabildo. Año 1947. Imagen Alejandro Villani. para Fotos de Familia del Diario La Capital

Construída en 1902 con el proyecto de los arquitectos Scolpini, es una muestra arquitectónica de calidad, continúa diciendo Cova, en su libro “Las Casas Compactas”, dos plantas con un gran lucernario superior y dos miradores, en la faja media de la planta baja se suceden seis locales, de adelante hacia atrás: el pórtico, el vestíbulo, el hall de doble altura que se convierte en triple dada la sobreelevación del lucernario, la caja de la escalera, un conjunto de locales sanitarios y dependencias que forma un cuadrado y se repite en el primer piso, y una galería posterior que enfrenta, además,a una terraza descubierta. Esta faja media tiene un eje de simetría que no es absoluta para el total de la casa, que comprende doce dormitorios principales y siete de servicio. El Constructor es el inefable y omnipresente Adan Gandolfi. 

Publicidad de Vinos Carrodillaa de Benjamin F. Nazar Anchorena en Mar del Plata
Chalet Enrique Anchorena Album Boninn Año 1913
Chalet Enrique Anchorena Album Boninn Año 1913
Villa Anchorena que pasó a a ser de Benjamín Anchorena, Av. Colón y Alvear.


La Familia Anchorena tenia otras propiedades en Mar del Plata y Batan. Las residencias eran las siguientes: Av. Colon y Alvear, Telef. Nº 897;  Quinta La Prueba – Telef. Nº 1029; Chalet Anchorena en La Madrid y La Roca, Telef Nº 397; Estancia El Boqueron – Telef. Nº 6 de la central Los Ortiz; Estancia El Parque – Telef. Nº 7 de la central Los Ortiz: Estancia La Serrana – Tekef. Nº 5 de la central Los Ortiz; la manzana ubicada en las calles Chacabuco y 14 de julio que pertenecía a Benjamín Anchorena. En la década del 30 El Dr. Joaquin Anchorena y su esposa Enriqueta Salas, tenían residencia en el Bristol Hotel.



Fuentes:
Basado en el trabajo "La trayectoria económica de la familia Anchorena" (1800-1945) por Roy Hora (Universidad Nacional de Quilmes, CONICET).
Genealogía Familiar de Alfonso Becar Varela

No hay comentarios:

Publicar un comentario