jueves, 22 de noviembre de 2012

EL MOLINO LURO



Este tema que nos ocupa será tratado por el Blog “Fotos Viejas de Mar del Plata” desde la visión del más grande historiador de la ciudad de Mar del Plata, el Arq. Roberto Osvaldo Cova,  incansable historiador e investigador que le ha dedicado casi toda su vida al registro de la historia de nuestra ciudad. Profesor en la Facultad de Arquitectura (fue profesor mío) y del Colegio Industrial (ENET Nº1), tuve la oportunidad de conocerlo e ir a su casa con mi esposa, cuando me encontraba investigando la historia del ferrocarril, para el trabajo que presente (Masterplan del Puerto de Mar del Plata) con el aval  de la Secretaria de Extensión Universitaria para el Pre-Diagnostico del Plan Estratégico de Mar del Plata, y gracias al aporte del Arq. Cova pude conocer a uno de los trabajadores mas viejos de ferrocarriles, el Sr. Uchaime, muy cerca de los 100 años que me contó cosas que muy pocos sabían del ferrocarril. Por otro lado, mi madre estuvo 30 años con uno de sus viejos amigos hasta su muerte (el cual menciona en el libro), Felix Carlos Collo (h) cuyo padre tenia una carpintería que se menciona varias veces en el libro “El Barrio del Oeste -1876-1940”. Me pareció un hermoso homenaje contarles esta historia como el la vivió, ya que fue un protagonista de la historia del Molino Luro, pues investigó su existencia y destrucción acompañado de los alumnos del colegio industrial. Pues bien. Así arranca esta historia…


Las primeras noticias que se tienen sobre el tema provienen de una carta que Augusto Robiilard, secretario de Pedro Luro, dirige a la Corporación Municipal el 17 de marzo de 1881. En ella solicita permiso para construir un molino movido por agua sobre ambas márgenes del arroyo del Puerto, para la elaboración de harina. La nota da lugar a una serie de opiniones que van y vienen hasta que el siguiente 29 de marzo Robiilard dice que el establecimiento se construirá en la quinta 68 del plano del pueblo si la Honorable Corporación lo cree conveniente. Luego se extiende en consideraciones no demasiado claras —a nuestro juicio—, de las que solo podernos sacar en limpio que las aguas que se represarán tendrán una altura de 5 varas—4,33m.— desde la base en su mayor altura. Informa también que la obra contendrá dos o tres motores, según lo requieran las necesidades del vecindario, sin que esto importe que la represa de agua sea mayor que la que se precisa para mover una sola piedra, y añade que se proyecta terminar la obra en 10 meses.

Fantasia Molinera de Roberto Cova y Jorge Santos 1980 - Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"
Dos puntos ligados con el uso más que con la técnica del molino nos llaman la atención: El primero aclara que el establecimiento es para el usufructo público en cuanto al uso y el segundo que, como vimos, el número de motores dependerá de las necesidades del vecindario. Esto nos está hablando de un modo ajeno a los usos del país o por lo menos de esta zona del país.

Placa de marmol de Carrara colocado en pared SE del Molino- Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"
En Europa cada labrador siembra y cosecha su trigo o su maíz —o lo hacía, en el pasado—, lo lleva al molino, saco a saco, le paga al molinero con parte de la harina obtenida —que luego éste puede vender— y se lleva a su casa el resto para amasarla en su oportunidad y cocer el pan en el horno propio o en el del vecino que lo encienda, por riguroso turno, entre un grupo de los habitantes del barrio, aunque otros son los panoramas circundantes. Ello refiere un modo de trabajo no usual entre nosotros. 

Aquí las superficies cultivadas eran mucho mayores que las europeas y los chacareros vendían todo su trigo al acopiador de frutos —o en el mejor de los casos al molinero— y luego compraban el pan en la panadería, que lo repartía a domicilio, fuera este urbano o perteneciera a la zona de las chacras. Y cuando se vivía demasiado lejos se compraba de tanto en tanto la cantidad de galleta que bastara hasta otra incursión al pueblo.

Frente sobre Falucho 1940 - Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"
El pedido de Robillard, de cualquier manera, es bien recibido por la Corporación Municipal, cuerpo que deja constancia, en las actas correspondientes, de que Luro, antes de ejecutar la obra, deberá expresar en todos sus detalles como la hará, cosa que nunca el vasco llevará a cabo.
Plano de la quinta 68 - Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"
La parte inferior es contemporanea de la construccion del molino. La hilada agregada arriba se agregó en tiempos de la división de la propiedad entre Deyacobbi-Roux y Stricker-Weber -
Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"
Arco de uno de los canales del Molino sobre Falucho, 1964 - Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"
Tajamar desde el Molino hacia el Oeste - Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"
Tajamar desde el Oeste hacia 1910 - Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"
En un trabajo anterior, que lleva por título Pedro Luro, un pionero de la pampa, escrito hace más de 40 años y publicado en 1983, nos hemos extendido sobre el punto y a él se puede remitir quien se interese por el tema. Hoy, como entonces, seguimos admirando al Molino Luro, del que también se habla en otras partes de este trabajo y en el folleto sobre La Iluminación Artificial en Mar del Plata, notas para su Historia, publicado en 1995 por la misma institución que respalda este estudio. 

Pero después de cuarenta años los ojos miran las mismas cosas con una perspectiva distinta. En tanto tiempo, por lo demás, y muchas veces sin buscarlas, hemos obtenido alguna otra información sobre el tema que aquí tratamos y a mayor conocimiento —nunca tan completo como nos gustaría tenerlo— mayor asombro y mayor respeto por una obra de importancia capital en nuestra corta historia.

Vista del Tajamar frente a la cocina de la quinta del Molino - Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"
Tajamar desde el Molino hacia 1906 - Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"
El molino era un edificio de dos plantas y un entretecho, un prisma rectangular de ladrillo con juntas tomadas y treinta y dos aberturas con arcos rebajados, cubierto por techo de tejas francesas a pabellón con diez lucarnas. El techo descargaba sus aguas detrás de una fuerte cornisa perimetral, a una canaleta interna con sus caños de bajada igualmente ocultos en el espesor de los muros. La planta medía unos 13 por 26 metros y la nave interior estaba dividida en tres partes por filas de columnas de madera con tornapuntas que sostenían vigas sobre las que se apoyaban los tirantes de los entrepisos. 

Las fachadas tenían fuertes cadenas angulares, pilastras, bajo-fondos y guardapolvos curvos sobre las ventanas del primer piso, el todo con gran efecto de solidez, sobriedad y buena proporción que tienen que haberse debido a alguna mente hábil en la materia. No sabemos lamentablemente, si hubo algún profesional responsable del molino pero es evidente que no se trataba de la obra de un inexperto. El Dr. Pedro Olegario Luro, (1860-1927), dijo de él que podría haber sido un salón de fiestas por su belleza y  proporciones y a fe que así habrá parecido cuando se terminó, antes de que transformaciones y agregados alteraran su perfil.

Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"
Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"
Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"
Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"

En otra parte se dice también que, desgraciadamente, nunca entramos en el Molino Luro. Pero fuimos, en cambio, dos veces a La Quinua, una estancia de 26.400 hectáreas en el partido de Guido que Luro había comprado en dos fracciones, una en 1877 y otra en 1879, luego vendió —de algún modo había que justificar la operación— a su hijo, el Dr. Santiago Luro, abogado, el 20 de octubre de 1885. Y fuimos a La Quinua, la primera vez, para ver sus galpones en pie y la segunda para verlos, ay, en pleno proceso de demolición, hecha para vender sus maderas y sus tejas, testigos mudos de una Gran Argentina muerta.


Estiba en el patio del Molino Luro hacia 1909 - Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"
Galpon del Molino, luego garage de "El Condor" hacia 1964 - Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"
Patio delGalpon El Condor con restos del muro del Tajamar - Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"
Patio delGalpon El Condor con restos del muro del Tajamar - Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"
El Tajamar hacia 1895 - Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"
Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"


Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"


Extraido del libro "El Barrio del Oeste 1876-1940"

Santiago Luro, casado con María Gaché, sin hijos, hizo construir en La Quinua, en 1883, dos años después de erigido el molino, un gran harás, trasladado más tarde al Ojo de Agua, de su hermana María Luro de Elissathe Chevalier. Vimos tres galpones en la Quinua, dos de una sola planta y uno de dos. Se hablaba de un cuarto galpón, circular, un picadero, destruido por un incendio y que, con seguridad, hubiera sido digno de ver en su tiempo. El galpón grande, el de dos plantas, era exactamente igual, por decirlo de algún modo, al Molino Luro, aunque mucho mayor en superficie. 

Dividida también su nave longitudinalmente en tres partes, una de las laterales, separada del resto por un espeso muro, alojaba boxes individuales que se abrían directamente al exterior por once portones de arco rebajado. Las otras dos, con una fila central de columnas de madera de sección circular —las del molino eran cuadradas— que sostenían el entrepiso, contenían un gran número de boxes separados por tabique bajos. El gran entrepiso, libre de apoyos verticales, calado con puertas trampas que permitían bajar el forraje para los caballos serviría también, seguramente, para guardar la lana de las ovejas de la estancia.
Molino Luro - foto de Lucio Strap - Fotos de Familia - Diario La Capital
Todo era digno de ver en el galpón de La Quinua: desde la gruesa mampostería exquisitamente trabajada con delgadas juntas entre los ladrillos, los arcos de un ladrillo y medio de altura, las escaleras con barandas torneadas, el piso entarugado, las ventanas con celosías y postigos, los grandes arcos de descarga de las cabeceras, el tanque cilíndrico acostado inmediato a uno de los testeros, los gruesos caños y robinetes —todo de bronce— para proveer agua a los caballos. 


“Postal de Mar del Plata, de fin de siglo XIX. Molino harinero de Pedro Luro. Ubicado en las actuales calles Falucho y Salta” .César M. Adrán

Lo más interesante, con todo, eran las grandes armaduras de la cubierta y, dentro de esa estructura, los nudos de encuentros de las cabriadas bajo los puntos terminales de la cumbrera, en los que confluían las últimas armaduras rectas y las medias cabriadas que formaban los pabellones. No mucho después de la primera visita fuimos a ver, como ha sido dicho, la demolición de los galpones de la estancia. Llegamos cuando el techo descripto había sido desarmado y estaban en demolición los muros de la planta alta, con algunos de los marcos de las ventanas aún en pie. 

Solemos decir que una demolición es una construcción al revés, donde se vuelve atrás en las etapas de colocar ladrillos sobre ladrillos, parar marcos, colocar tejas sobre tejas. Dolorosa, lamentable, la demolición de los galpones de La Quinua, faltos ya de objetivo por las transformaciones de los métodos de trabajo rurales y el cambio de zona, ya muy lejano, del harás de Santiago Luro.

Molino Luro - foto de Lucio Strap - Fotos de Familia - Diario La Capital
Vimos, de cualquier modo, en la demolición que tratamos, una repetición de la del molino, antes aludida, que nuestros tontos 17 años se perdieron. Lo más importante del Molino, para retornar a él, no era lo que podríamos llamar parte civil sino la obra hidráulica, el Tajamar, como se lo llamó, que aún hoy sería admirable. Lo oímos mencionar desde que tenemos memoria, por los que eran grandes en nuestra infancia, que en su niñez traviesa se habían bañado en sus aguas. 

Los datos concretos sobre la obra, mucho menos precisos que los que nos gustaría tener, provienen de planos hechos por el Ing. Ernesto Stricker, uno de los cuatro miembros de la sociedad que compró el Molino en 1898, de la que volveremos a hablar. Los planos fueron relevados hace un siglo y más por razones concretas de obras a efectuar que como antecedente que sirviera a historiadores —o a interesados por la historia— del futuro. Lo más interesante del conjunto —la sociedad poseía también otras propiedades vecinas— estaba en la quinta 68 del trazado urbano, quinta que rodeaban Independencia, Gascón, Jujuy y Falucho. La calle Salta estaba cerrada y el molino se edificó sobre la línea de Falucho, casi inmediato a la esquina que mira al norte de su encuentro con Salta.

Vista del Tajamar - foto de Lucio Strap - Fotos de Familia - Diario La Capital
Detrás del Molino, hacia el S.O., luego de dejar un paso vehicular que se llamó de ahí en más el Puente del Molino, se levantó un muro de contención del arroyo continuado hacia el O. por otro muro diagonal que aún existe y completado hacia el S.O. por un tercer muro perpendicular a Falucho que luego se curvaba y seguía la dirección del arroyo hasta salir de la quinta por Gascón. Este embalse se llamó, para propios y extraños, el Tajamar del Molino y tuvo una superficie dentro de la quinta 68, de unos 4.000 m2, que equivalen a algo más de media manzana de las nuestras. Más afuera, siempre hacia el S.O., se hizo un tablestacado de madera que contenía mayor cantidad de agua y la encauzaba hacia las compuertas del embalse.

Este tajamar tuvo al principio dos canales de desagote gobernados por sus respectivas compuertas. El más próximo a la actual Av. Independencia movía las ruedas del molino y el que pasa por el centro de la actual calle Salta era el canal aliviador, es decir el que la cantidad de agua reservada por la presa y dejaba correr la sobrante, según el caudal del arroyo. El Tajamar de cualquier modo, fue discutido en el seno de la Corporación Municipal por los problemas que causaba por el caso de lluvias fuertes o continuadas. 

El tema se trata en la sesión de ese cuerpo del 21 de enero de 1882, cuando Jacinto Peralta Ramos dice que al atajarse el agua se llenaba el arroyo del Puerto de agua —se sobreentiende que aguas arriba del dique— por lo que pide se le consienta a Don Pedro Luro cerrar dos calles de las quintas próxima; al Molino para evitar desgracias pues en esa parte las Barrancas del Arroyo están a plomo y cuando están descubiertas de agua nadie transita por ellas por estar a la vista el peligro y desde luego no perjudicarán a nadie si se cierran. Lamentablemente no aclara el peticionante de qué calles se trata, cosa que sería interesante saber para nosotros.

Pero los problemas no terminaron ahí. El 7 de agosto de 1883, cuando Luro es municipal —una especie de concejal del presente— se trata nuevamente el punto cuando el presidente de la Corporación , Ovidio Zubiaurre, dice que el vecindario se queja de las escasas dimensiones de las compuertas que dan curso a las aguas en el Puente del Molino y atribuye a ello la inundación de buena parte del pueblo que se produjo en las últimas lluvias y entra luego a tratar el tema de las compuertas del dique situado en la Playa del Mar —cosa que dejaremos ahora de lado—que a su vez regulaban el arroyo aguas abajo del Molino. Se tratan con amplitud estas cuestiones y Luro  dice que colocará compuertas de dos y media varas
en el Puente del Molino.

Y aquí se abre otro tema, quizá el más interesante de toda esta historia. Cuando se dieron los primeros pasos en la cuestión que nos ocupa, ya mencionados antes, se pensó en el interés que podría tener en el asunto la entonces Escuela Nacional de Educación Técnica  — que más se conoce como Escuela Industrial— dada su presencia en el barrio desde 1936. Así concurrieron a las elecciones celebradas en la Cooperativa directivos del establecimiento; luego dimos alguna clase sobre el tema en la escuela y se organizó un grupo de alumnos que efectuaron trabajos de campo en el terreno libre de la ex quinta 68  —en la manzana que rodean Falucho, Salta, Gascón y Jujuy—, con la anuencia del Colegio de Veterinarios de la Provincia de Buenos Aires, propietario de esa fracción. 

Se formó así un equipo vigilado de cerca por quien escribe, la señora Elena García de Herrera, su marido, Leo Herrera y varios miembros de su familia. Esos jovencitos de primer año —solo dos eran de tercero— vivieron así, como ellos mismos lo han dicho por escrito, una de las experiencias más interesantes de su hasta ahora corta vida, seguramente inolvidable.

Demolicion del Molino en Falucho y Salta -foto de Isidro Delponte - Fotos de Familia - Diario La Capital
No podemos dar aquí demasiados detalles pero uno de ellos, delgadito y aparentemente frágil, Pedro Hintze — ¡Quiero ver, quiero ver!, decía, cuando bajamos al canal del que hablaba Pedro Luro el 7 de agosto de 1883— fue encargado por su profesora de Geografía de hacer la crónica de la aventura. Y comenta Pedro Hintze: El arquitecto nos dijo que si alguien excavaba en el terreno donde antes había estado ubicado el Molino, que había quedado baldío, encontraría túneles, compuertas, cimientos, y sería un gran hallazgo arqueológico para la escuela... 

Fue así como se organizó la investigación y se acordó con la señora Herrera y el arquitecto Cova asistir el sábado 23 de julio, en horario y día extraescolar, a Falucho entre Salta y Jujuy, terreno baldío donde antes se asentaba el gran Molino Luro y tierras aledañas. Y Hintze sigue adelante con su relato: El cuarto día, 13 de agosto, encontramos un pozo, tapado con un sillón. Sacamos el sillón, se amplió el pozo y Paoletti, Bombino y yo nos metimos, con las debidas precauciones, en lo que ya identificamos como uno de los tres canales del Molino Luro. Se midió la longitud del túnel por medio de un hilo que Paoletti llevó hasta el final, donde el tajamar está cerrado por una pared con un pilar en el medio. El túnel mide 8,20 m. de largo, 2,37 de ancho y 2,12 de altura... Bombino encontró en una de las paredes del túnel una escritura que dice 1884. Luro dijo en 1883 que haría compuertas de dos y media varas de ancho. Dos varas y media equivalen a 2,165 m. Los jóvenes hallaron que el ancho del canal es de 2,37.

Entramos, así, al tercer canal del Tajamar del Molino a 110 años de su construcción. Algún tiempo después, en ocasión del entregársenos una distinción en el Centro Cultural Juan Martín de Pueyrredón, en un acto al que invitamos a varios jovencitos, los hicimos subir al escenario, en medio de una atmósfera muy emocionante y les dijimos que cuando ellos sean mayores, a mediados del sigle XXI contarán a sus descendientes que cuando eran chicos y asistían al primer año de la escuela secundaria, a fines del siglo XX, descubrieron un canal de ladrillo con una formidable bóveda del mismo material y piso de piedra hecho en el otro siglo, el siglo XIX, en 1884.

Y para continuar con el Molino y volviendo al tema que trató Robillard cuando presentó la solicitud de construcción, diremos que tenía dos motores o ruedas hidráulicas, según testimonio de D. Juan Bautista Monjau: Cuando estaba lleno el Tajamar se hacía funcionar una turbina grande, que movía un molino de piedra. Cuando el nivel del agua u reducía funcionaba la turbina más chica, nos contó monsieur Monjau hace cuarenta años. (Nota del Fotos Viejas de Mar del Plata: se refiere al dueño del Lavadero Francés)
No hay —o nunca hemos visto—, fotografías de las ruedas hidráulicas, las que Monjau llamaba turbinas. Pensamos que las muelas estaban en la planta baja por su peso y por su mayor proximidad a los motores, y que en la planta alta y quizá en el entretecho se harían la limpieza y la clasificación de los granos mediante métodos de elevación de las bolsas, ventiladores y cribas movidos tal vez por los mismos ejes de las ruedas.

Nuestro tío político Hugo Valentini, hijo de un obrero del Molino, contaba acerca de la turbina —nunca nos dijo esa palabra en plural— que era sustituida por la máquina de vapor cuando no había agua en el tajamar. Se impone aquí el concepto de una turbina de eje vertical, sumergida en el agua. Monsieur Monjau hablaba de turbinas, que él vio con sus propios ojos pues llegó aquí en 1889, nueve años antes que el molino cambiara de manos y es evidente que llamaba así a las ruedas hidráulicas. Que la rueda —otra vez en singular— era de madera lo oímos de boca de los hermanos Assali, cuyo padre, carpintero, se ocupaba de su mantenimiento. 

En 1898, cuando se constituye la sociedad que compró el establecimiento a Casiana Luro se habla, lisa y llanamente, de un molino a vapor. En 1910 José Deyacobbi dice a un cronista que las máquinas fueron totalmente sustituidas por otras modernas, transformando el antiguo molino a piedra en otro automático, sistema Simón, de Manchester, y no toca para nada el tema de la propulsión. El 9 de septiembre de 1994, cuando entramos —como se dijo— al primer canal aliviador vimos, además del tubo propiamente dicho, varios detalles que nos hicieron presumir transformaciones y cambios, y quizá alguna descarga proveniente del canal inmediato al Molino —hoy bajo la vereda del Cuartel de Bomberos o sus inmediaciones— cuya corriente hacía funcionar la primitiva fábrica.
Y sin planos detallados ni fotografías no podemos decir mucho más a pesar de que nuestra pasión por el caso nos haga soñar con una rueda metálica de Poncelet, de cinco metros de diámetro y paletas curvas.


Extraído del libro del Arq. Roberto Osvaldo Cova:
“El Barrio del Oeste 1876-1940”

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